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Alfaguara publica Ciudad doliente de Dios, de Adriana Díaz Enciso

«¿Lo soñé, amada, o estuvimos tú y yo a las puertas de la ciudad mientras el universo se desplomaba, tratando en vano de recoger la sangre de los inocentes y purificarla, aunque fuera sólo con nuestro llanto?»

 

 

 

Cristina, una niña a quien sus padres dejan en un convento que acoge huérfanos, desde muy pequeña da muestras de que está llamada a un destino superior, pues tiene visiones místicas. Luego de sufrir una fiebre casi letal, despierta del delirio con un lenguaje desarrollado y preciso, con conocimientos ajenos a sus años. Desde entonces sabe que le corresponde encontrar una ciudad donde será posible abolir el imperio de la muerte, donde habrán de imperar el arte y el conocimiento, donde el amor, el perdón, la piedad y la belleza redimirán todo el inútil sufrimiento del hombre.

 

La espera una larga ruta donde, en su búsqueda, verá una ciudad consumida, ensangrentada, derrumbándose, los habitantes en agonía y, entre todo esto, un jinete que a su paso difumina el horror para dejar en su lugar un mundo plácido después de la destrucción.En esta novela, la voz narrativa de Adriana Díaz Enciso es al mismo tiempo sutil y poderosa. Como la fe.

 

Lee un fragmento:

 

Ciudad doliente de Dios

The Imagination is not a State:

it is the Human Existence itself

La realidad no está aquí, ni allá. Sucede en una zona intermedia que no se toca. Y sin embargo es perceptible en todas las regiones que atraviesa.

 

Empecemos de nuevo. Digamos “la eternidad”. Que diga el papel que la eternidad no está en ninguna parte, y sin embargo existe. Que intocable, invisible, inconcebible incluso, y sin confines, nos contiene. Si es que esto es un papel, y no una franja de luz, una columna de humo: el pensamiento. Si es que me decido a dejar fijas en una base material mis ociosas reflexiones, a iniciar el arduo proceso de intentar convertir su inutilidad —no, no eso: su insustancialidad— en frágil y humana permanencia. Es decir, a detenerlas.

 

Aún puedo elegir dejarlas desvanecerse en el aire, como el desorganizado batir de alas de un tumulto de palomas asustadas a medio festín. Aunque mi pensamiento lo llevo conmigo a todas partes, aún puedo decidir que no está ahí, que es un estado de ánimo, una sombra en el día que se ha tornado de pronto gris; un sueño que se lleva el viento fresco, dejando aquí el cuerpo nada más, que busca la protección del impermeable, la reafirmación de la existencia segura del mundo en las pruebas que ofrecen los sentidos.

 

Aunque, por supuesto, nos queda el problema de las formas que entrevemos con el rabillo del ojo.

 

Digamos sin embargo que soy un orfebre. Lo que equivale a decir que mi labor es con la materia, mis manos la herramienta, que mi trabajo es asunto de este mundo. Ser un herrero y trabajar en la fragua vendría a ser idéntica activación de la energía. Es nada más cuestión de dimensiones. Igualmente necesitaré del fuego, de los elementos que conforman la tierra desde siempre, e igualmente habré de preguntarme por su origen, cómo mi cuerpo, la tierra y el universo entero están hechos de ellos en igual medida, cuál es la correspondencia que los hace encarnar en formas tan distintas, y cómo, con qué arte he de hacerlos hablar.

 

Sea como sea, mi labor será crear cosas nuevas; moldear, combinar, forzar, construir. Imaginar, que es dar luz y vida y forma. Siempre la inauguración de un mundo, hasta en el más mínimo objeto que salga de mis manos.

 

¿Pero cómo poblar un mundo? Porque es preciso. Hay que tejer las formas para que el alma, entonces, exista; las formas que, en su contracción, delinean y limitan. El ser encarna, aún en esa forma elemental. Por eso es preciso delimitarla. ¿Quién quiere vivir en un mundo vacío? Ya después vendrá el despertar, el vuelo, la mirada del águila naciendo desde el centro.

 

Mito creacional. Otra leyenda sobre el origen de la historia de los hombres —pero todas son verdad, susurra en mi oído la voz que me atraviesa.

 

Los veo ahora mismo, en el parque, ya contenidos por su forma. Salen de edificios y oficinas. Es la hora de comer y tienen hambre. Sus movimientos, el ruido que producen en el acto continuo de ser, son la correspondencia humana con el vuelo de la parvada de palomas. Muchos sonríen: porque es de día y éste es un parque, la luz se vuelve fresca e incandescente a la vez en la punta verde y dorada de los árboles; sonríen porque tienen hambre y comerán, porque dan el día por sentado y no ponen en duda el regreso recurrente de la luz del sol. El día con su luz es su realidad. Ahí están, no hay forma de negarlos, ni a uno solo, ni al más pequeño ni al más humilde entre ellos. ¡Todas las historias que se cruzan! Imagina el bullicio, el tumulto de palabras al azar atrapadas al vuelo, en tantos idiomas, cargadas de una infinidad de intenciones, si pudieras oír sus pensamientos.

 

Esta labor —imaginar para crear, imaginar para ver—, ¿equivale a una vida? ¿Qué he hecho yo, cómo he poblado el mundo (y cuál mundo) tras todos estos años de arrastrar conmigo el pensamiento, inaugurar universos, crear con mis manos objetos que nacen cargados de su propia y misteriosa elocuencia? ¿Qué he hecho en toda mi vida que me haga distinto de los otros, más pensador o más creador, más merecedor de interrogar al mundo?

 

Quisiera, en un día como éste (pero hipotético, posible sólo como yo lo quiero), interrogarlos a todos. Preguntarles si creen que el mundo es materia o sueño, sustancia que se basta a sí misma o reflejo de una existencia infinitamente más perfecta y luminosa; reflejo encarnado por necesidad. En dónde, quisiera oírlos decir, creen que está la realidad.

 

Y regreso al punto de partida.

Yo, como todos, tengo una historia. Lo que no sé es si es real. Aquí sentado como si no tuviera a dónde ir, ningún destino, me pregunto cuál es la mejor forma de empezar, de qué hilo dorado que aún no encuentro tirar para desmadejar la maraña de mi cuento, con qué pasos tengo que echar a andar para así, algún día —quizá— llegar. Porque tengo que contar para llegar, eso está claro; es la narración la que tejerá la historia, ella la que la vuelve sólida. l give you the end of a golden string, Only wind it into a ball: It will lead you in at Heaven’s gate, Built in Jerusalems wall.

 

Veamos. Estoy en la ciudad. Podría pensarse que he llegado. ¿No era ésta la meta, el punto final de todo esfuerzo? Ahí están la calles, el río incontenible de la humanidad, con todo su cansancio, su angustia, sus miserias, el calor que generan sus cuerpos (forma, encarnación) en perpetuo movimiento; la humanidad con su carne demandante y ciega, con sus preguntas sin fondo como bocas siempre abiertas, la humanidad con sus quejas, sus teorías y sus lamentos, sus deseos, amorfos casi siempre. Se mueven entre muros sucios: de humo y hollín, de lluvia cuajada por el polvo, de nieve pisada en el invierno, de orina y escupitajos y vómitos de años. De sangre derramada alguna vez, luego olvidada, por accidente o en las múltiples variantes del crimen.

 

Yo también escribo en esta calle lo que veo y escucho en las regiones de la humanidad, en las calles de la urbe, abriéndose: cuerpos que se arremolinan alrededor de otros cuerpos en la lucha por un poco más de espacio, aire, por un asiento en el metro o el autobús, por un instante ganado en la carrera por llegar, a donde sea. Y en esta soledad entre otros cuerpos, en medio de esta constante agresión y estas desdichas, pura y definida, el alma. El alma recortada contra este fondo de humo, de suciedad, de colores destemplados y de ruido.

 

En estas calles, sí, se puede respirar el odio. Se puede vivir el odio, sumergirse uno en él y no salir nunca, o descubrir a la orilla de un canal, en un brezal desierto o en un cuartucho sórdido el cuerpo de las víctimas del odio. Pero es aquí, y sólo aquí —escúchenme bien, si alguien me escucha— que es posible aprender a amar al prójimo, que esa abstracción inmensa llamada humanidad, estéril como toda abstracción, adquiere una multiplicidad de cuerpos y de rostros, todos, en su particularidad, definidos, todos irrepetibles. Aquí, en la ciudad, como en un mural de dimensiones infinitas, se despliega el gesto de todas las emociones que conoce el corazón del hombre.

 

¡La ciudad, el lugar de las revelaciones! Aquí, entre las murallas que contienen el golpe de la guerra contra ese corazón, rodeado por los pilares de oro que centellean marcando el camino entre la densa oscuridad, transcurre la historia que me ha dado mi forma, la historia que recuerdo, la que quiero contar. Aquí donde comulgan la esfera de lo visible y lo invisible, donde se expande hasta una distancia ilimitada, y hacia todos los puntos cardinales, la zona intermedia en que yo habito. Es de este claroscuro de donde haré surgir los rostros que viven en mi historia, y ya echados a andar por estas calles voy a seguirlos, en pos de la ciudad que todos ellos buscan. La buscan conmigo.

 

La autora está disponible para entrevistas

 

    

 

La autora

Adriana Díaz Enciso. Escritora y traductora mexicana, nació en 1964 y vive en Londres desde 1999. Ha publicado novela, libros de relatos y poesía y ha colaborado para más de treinta periódicos y revistas en México y el extranjero.

 

Escribió la letra de muchas canciones de la banda de rock Santa Sabina; ha escrito también teatro y ópera y fue guionista del programa de televisión La hora marcada. Impartió clases de literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana y en la Escuela Dinámica de Escritores, y ahora es profesora de literatura y traducción en el Instituto Cervantes de Londres. Fue secretaria de la Blake Society en Inglaterra y cofundadora del proyecto para convertir la casa de William Blake en Felpham en un centro de creación.

 

Es miembro del Consejo Directivo de la revista Modern Poetry in Translation. Sus novelas anteriores son La sed (2001), Puente del cielo (2003) y Odio (2012).